Bin Sangyeo Nori

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Artes Folclóricas de Corea > Juegos Folclóricos Coreanos

Autor ChoJunghyun(曺鼎鉉)

Un juego que se lleva a cabo en la víspera de un funeral, imitando una procesión funeraria llevando a hombros un féretro vacío.

El bin sangnyeo nori es un evento en el que un apsorikkun (cantante de funeral) y un grupo de sangdukkun (portadores del féretro) se preparan el día anterior a un entierro para familiarizarse con el acto de cargar el féretro de manera apropiada durante la ceremonia. El día anterior al sepelio, con las preparaciones funerarias listas y tras dar las debidas condolencias, se sirve el desayuno a todos los huéspedes. En el pasado, había funerales de tres, cinco o siete días, pero hoy en día la mayoría duran solo tres días. En la víspera del entierro, también llamado «el día de la visita», los visitantes ofrendan incienso y consuelan al doliente, generalmente el hijo mayor del fallecido. Si la muerte se considera «buena» (una muerte natural después de una vida plena), los jóvenes del pueblo tienen más qué preparar para esta ceremonia, en la que se juega con el mismo féretro que será usado para transportar el ataúd al día siguiente.

El día de la procesión, los participantes se reúnen afuera de la casa de la familia enlutada o en algún callejón cercano, tras lo cual el líder de lo coro inicia los cantos y sus acompañantes le responden y de disponen a transportar el féretro vacío. Una vez que el féretro ha llegado a la cede del funeral, el anfitrión sirve bebida y alimento a todos sus invitados. Pasando la noche en vela degustando vinos, tentempiés, pasteles de arroz, sopa de pollo y gachas de judías, los visitantes a veces suben al yerno del fallecido encima del féretro o lo llevan sobre sus hombros para pedirle más comida y vino. Los más traviesos imitan al doliente y cantan o cuentan historias absurdas con la intención de hacer reír al doliente.

Si el fallecido ya había cumplido 70 u 80 años, si sus hijos enlutados son mayores de 50 años, y si su familia mantiene suficiente riqueza, la gente del pueblo suele disfrutar libremente sin seguir al pie de la letra la etiqueta del funeral. Durante la madrugada, los participantes pasean el féretro sin ataúd, coreando los cantos apsori seguidos por la melodía de las canciones principales, o sangyotsori. Sus letras generalmente dicen en la voz del fallecido: «¡Hola, hijos! Yo los crie con todo mi amor y esfuerzo, ahora ustedes deben despedirme del mejor modo. Como respuesta al término de esta canción, la familia enlutada invita formalmente al funeral a los cantantes, a los patriarcas del pueblo y a sus familias. El tono de las melodías durante el daedodum (la práctica de sincronizar los pasos al cargar el ataúd), depende del humor que sienta el líder del coro, que puede llegar a poner a todos a bailar o, por el contrario, transmitir tristeza. En este momento, la alegría y la tristeza no son sentimientos opuestos; más bien, la diversión sirve como una expresión irónica de la máxima tristeza. Esta ambivalencia hace que los participantes no solo se acompañen en los sentimientos de tristeza, sino también en la alegría.

A veces, es el mismo doliente quien recita los coros en lugar de otro cantante, para presumir su riqueza y su estatus social, pues hay quienes quisieran realizar esta tradición pero no pueden por falta de dinero. Así como los versos del apsori y sangyotsori que se cantan durante el daedodum son los mismos cantados el día del funeral, también el féretro se adorna de la misma manera para ambas ocasiones, siendo la falta de ataúd la única diferencia. El líder de los coros primero dirige los cantos desde el suelo y después se sube al féretro. Cuando los otros cantantes le responden, es común que lo hagan también bailando llevando los brazos de un lado a otro. Mientras tanto, el enlutado hace reverencias, entrega dinero y se pone de pie frente al féretro. La gente que en broma imita al doliente no se atreve a quitarle su traje del luto, por lo que prefieren tomarlos prestados de sus vecinos para disfrazarse de dolientes y gritar cosas sin sentido como «¡Qué pena, qué alivio!», a lo que el doliente responde empujándoles con su bastón. Los más atrevidos se ponen falda e imitan a la esposa del doliente cantando y refunfuñando: «¡Uy, uy, pero qué de qué buena manera se murió!», avergonzando al doliente frente a sus vecinos. Si bien por una parte esto puede hacer llorar al anfitrión, por otra parte, hace reír a los visitantes. Mientras el anfitrión se encuentra pensando en la muerte de uno de sus padres, los visitantes quieren que el doliente no se abata demasiado y que pueda volver a su vida cotidiana lo antes posible para salir adelante, olvidándose pronto de su tristeza. Es así que el juego del cortejo fúnebre se encuentra en el punto intermedio entre un ritual y un antirritual.

El mayor significado de esta ceremonia es el de acostumbrarse y prepararse para la labor física de cargar el ataúd para su entierro, al tiempo que sirve para consolar a la familia enlutada y ayudarle a lidiar con su situación. Los enlutados tienden a ponerse serios pensando en el fallecido, por lo que sus vecinos procuran brindarles alivio. El juego del cortejo fúnebre existe para este propósito. Esta ceremonia también sirve para practicar con anticipación la coordinación de los pasos al llevar el féretro. Esta es la razón por la que el transporte del féretro se realiza de la misma manera que en el funeral. Además, sirve para examinar la seguridad de los componentes y el ensamblaje del féretro. Sin embargo, esta costumbre tradicional está desapareciendo en esta época modera por dos razones. Primero, porque la mayoría de los funerales se celebran en hospitales o en velatorios y, segundo, porque la cremación se ha generalizado, haciendo imposible que se juegue con el féretro.

Bin Sangyeo Nori

Bin Sangyeo Nori
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Autor ChoJunghyun(曺鼎鉉)

Un juego que se lleva a cabo en la víspera de un funeral, imitando una procesión funeraria llevando a hombros un féretro vacío.

El bin sangnyeo nori es un evento en el que un apsorikkun (cantante de funeral) y un grupo de sangdukkun (portadores del féretro) se preparan el día anterior a un entierro para familiarizarse con el acto de cargar el féretro de manera apropiada durante la ceremonia. El día anterior al sepelio, con las preparaciones funerarias listas y tras dar las debidas condolencias, se sirve el desayuno a todos los huéspedes. En el pasado, había funerales de tres, cinco o siete días, pero hoy en día la mayoría duran solo tres días. En la víspera del entierro, también llamado «el día de la visita», los visitantes ofrendan incienso y consuelan al doliente, generalmente el hijo mayor del fallecido. Si la muerte se considera «buena» (una muerte natural después de una vida plena), los jóvenes del pueblo tienen más qué preparar para esta ceremonia, en la que se juega con el mismo féretro que será usado para transportar el ataúd al día siguiente.

El día de la procesión, los participantes se reúnen afuera de la casa de la familia enlutada o en algún callejón cercano, tras lo cual el líder de lo coro inicia los cantos y sus acompañantes le responden y de disponen a transportar el féretro vacío. Una vez que el féretro ha llegado a la cede del funeral, el anfitrión sirve bebida y alimento a todos sus invitados. Pasando la noche en vela degustando vinos, tentempiés, pasteles de arroz, sopa de pollo y gachas de judías, los visitantes a veces suben al yerno del fallecido encima del féretro o lo llevan sobre sus hombros para pedirle más comida y vino. Los más traviesos imitan al doliente y cantan o cuentan historias absurdas con la intención de hacer reír al doliente.

Si el fallecido ya había cumplido 70 u 80 años, si sus hijos enlutados son mayores de 50 años, y si su familia mantiene suficiente riqueza, la gente del pueblo suele disfrutar libremente sin seguir al pie de la letra la etiqueta del funeral. Durante la madrugada, los participantes pasean el féretro sin ataúd, coreando los cantos apsori seguidos por la melodía de las canciones principales, o sangyotsori. Sus letras generalmente dicen en la voz del fallecido: «¡Hola, hijos! Yo los crie con todo mi amor y esfuerzo, ahora ustedes deben despedirme del mejor modo. Como respuesta al término de esta canción, la familia enlutada invita formalmente al funeral a los cantantes, a los patriarcas del pueblo y a sus familias. El tono de las melodías durante el daedodum (la práctica de sincronizar los pasos al cargar el ataúd), depende del humor que sienta el líder del coro, que puede llegar a poner a todos a bailar o, por el contrario, transmitir tristeza. En este momento, la alegría y la tristeza no son sentimientos opuestos; más bien, la diversión sirve como una expresión irónica de la máxima tristeza. Esta ambivalencia hace que los participantes no solo se acompañen en los sentimientos de tristeza, sino también en la alegría.

A veces, es el mismo doliente quien recita los coros en lugar de otro cantante, para presumir su riqueza y su estatus social, pues hay quienes quisieran realizar esta tradición pero no pueden por falta de dinero. Así como los versos del apsori y sangyotsori que se cantan durante el daedodum son los mismos cantados el día del funeral, también el féretro se adorna de la misma manera para ambas ocasiones, siendo la falta de ataúd la única diferencia. El líder de los coros primero dirige los cantos desde el suelo y después se sube al féretro. Cuando los otros cantantes le responden, es común que lo hagan también bailando llevando los brazos de un lado a otro. Mientras tanto, el enlutado hace reverencias, entrega dinero y se pone de pie frente al féretro. La gente que en broma imita al doliente no se atreve a quitarle su traje del luto, por lo que prefieren tomarlos prestados de sus vecinos para disfrazarse de dolientes y gritar cosas sin sentido como «¡Qué pena, qué alivio!», a lo que el doliente responde empujándoles con su bastón. Los más atrevidos se ponen falda e imitan a la esposa del doliente cantando y refunfuñando: «¡Uy, uy, pero qué de qué buena manera se murió!», avergonzando al doliente frente a sus vecinos. Si bien por una parte esto puede hacer llorar al anfitrión, por otra parte, hace reír a los visitantes. Mientras el anfitrión se encuentra pensando en la muerte de uno de sus padres, los visitantes quieren que el doliente no se abata demasiado y que pueda volver a su vida cotidiana lo antes posible para salir adelante, olvidándose pronto de su tristeza. Es así que el juego del cortejo fúnebre se encuentra en el punto intermedio entre un ritual y un antirritual.

El mayor significado de esta ceremonia es el de acostumbrarse y prepararse para la labor física de cargar el ataúd para su entierro, al tiempo que sirve para consolar a la familia enlutada y ayudarle a lidiar con su situación. Los enlutados tienden a ponerse serios pensando en el fallecido, por lo que sus vecinos procuran brindarles alivio. El juego del cortejo fúnebre existe para este propósito. Esta ceremonia también sirve para practicar con anticipación la coordinación de los pasos al llevar el féretro. Esta es la razón por la que el transporte del féretro se realiza de la misma manera que en el funeral. Además, sirve para examinar la seguridad de los componentes y el ensamblaje del féretro. Sin embargo, esta costumbre tradicional está desapareciendo en esta época modera por dos razones. Primero, porque la mayoría de los funerales se celebran en hospitales o en velatorios y, segundo, porque la cremación se ha generalizado, haciendo imposible que se juegue con el féretro.